Huevos de oro

 

                                    

No debería olvidarse que la economía dominicana, aun en crecimiento, es vulnerable, porque se sustentan en los servicios que a su vez dependen de manera directa del entorno externo, con el perenne temor de que cualquier tempestad derribe lo logrado como torre de naipes o fortaleza de arena.

Se prevé que El Producto Interno Bruto (PIB), que significa las riquezas del país contabilizada en un año base, crecerá sobre un 5% en 2016, lo que mantendría la economía local como una de las más dinámicas de Latinoamérica, pero es menester advertir que esa perspectiva positiva puede diluirse como agua entre las manos.

Décadas atrás, Republica Dominicana dependía básicamente de sus exportaciones de azúcar, café, cacao y tabaco en rama, lo que se definía como “economía del postre”, pero hoy el grueso de los ingresos están señalados por el turismo, remesas e inversión extranjera.

Los sectores telecomunicaciones, servicios financieros y comercio coadyuvan de manera sostenida con la estabilidad macroeconómica, pero es menester  insistir  en que la dominicana es una economía  muy abierta, expuesta  a muchos factores de riesgo.

Las autoridades estiman que el turismo reportará a la economía en 2016 más de seis mil millones de dólares;  el ingreso por remesas  sería superior a los US$4,500 millones y la inversión extranjera directa se acercaría a los tres mil millones, lo que en conjunto podría superar los 14 mil millones de dólares.

Se estima también que el precio promedio del petróleo se mantendría alrededor de los 35 dólares el barril y que materias primas de origen agrícola, como soya, maíz, trigo y sorgo, no incrementaran sus precios de manera notoria, lo que  contribuye a  disminuir el déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos.

Gobierno y clase política están compelidos a no matar a la gallina que suple los huevos de oro a la economía, porque el  encendido conveniente de la pradera traería como consecuencia  efectos nocivos sobre  el turismo, inversión extranjera  y las consecuentes presiones cambiarias y de inflación.

Al discurso electoral hay que despojarlo de todo verbo incendiario, porque no resulta juicioso amolar cuchillo para propia garganta, ni tampoco sería prudente quemar con fuego de irracionalidad una mariposa recién salida del capullo, como debe definirse  a la economía dominicana, todavía débil y endeble.

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