Mis disculpas a Radhamés

Escribo esta columna sobre Radhamés Gómez Pepín porque le debo la excusa por no ir a verlo cuando su quebranto agravó y su perfil físico sufrió dramáticamente. Le dije a Cornelia, su esposa, que no quería verlo así, sino conservar en mi memoria el talante de ese periodista valiente, irreductible, que nunca le hizo ojo bonito al miedo.

También deseo disculparme ante el maestro porque se cansó de pedirme que adelantara el editorial por el previsible fallecimiento de Chuchito Álvarez, que tuve que redactar de urgencia un sábado en la noche, ante el fallecimiento del admirado director del diario Hoy, no sin antes sufrir su lógico regaño de Radhamés.

Duele decirlo, pero lo misma historia ocurrió contigo, Radhamés, pues Bolívar Díaz, el sub director de El Nacional, llevaba muchos días insistiendo para que redactara el editorial que serviría de panegírico a tu cercana partida, pero vine a escribirlo el mismo día de tu muerte y con la misma reprimenda.

En mi defensa debo decir que no puedo hilvanar una palabra ni una frase sobre la muerte de nadie que esté vivo, menos la de dos maestros, como Chuchito y tú  que signaron por siempre mi  vida profesional. Eso lo aprendí de ti, que tus Pulsaciones eran las de tu corazón.

Si comienzo a enumerar o describir las veces que Radhames y yo peleamos en medio de la redacción no terminaría esta cuartilla, pero hoy confieso que en el 99% de los casos, él  tenía razón, aunque no recuerdo cuando le admití que la verdad estaba de su lado, porque siempre creí que  era mía.

El director de El Nacional nunca nos trató como subalternos, sino como compañeros, al punto que todos en la redacción lo asumíamos con un reportero más, sólo que con envidiable talento, arrojo, creatividad y gran sentido ético.

Yo sentía que había ganado el premio Pulitzer cada vez que Radhamés me presentaba el título principal del día, sin que la historia estuviera todavía redactada, con la sola pregunta de  “¿es esa la noticia?”, lo que  quería decir que confiaba en que el texto reflejaría objetividad y certeza.

El director parecía comportarse como si fuera Trujillo, con su acostumbrada expresión de que “Así se va a quedar”, cuando algunos de nosotros le objetábamos un titular o el contenido de una información, pero todos aprendimos que esa era su respuesta automática cuando se le enfrentaba en medio de la redacción.

Tan pronto cualquiera de nosotros le pedía  hablar en su oficina, siempre abierta, sobre un tema del día, Radhamés, se transformaba en un amoroso padre, que intentaba convencernos de sus criterios, pero terminaba casi siempre aceptando las opiniones de sus periodistas.

Este último párrafo tiene el propósito de disculparme con Radhames por haberle fallado por no escribir a tiempo el editorial a Don Cuchito y  el  de su a su propio deceso. El entenderá allá en la gloria que no es fácil anticiparse  a la muerte de  un ser  extraordinario y de un maestro sin par.

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