Danilo, Leonel y la historia

La historia funge como el gran tribunal de los tiempos que juzga a los mortales conforme al fardo de cargo o descargo que dejaron a su paso por la vida, por lo que en la mayoría de las veces hay que esperar la muerte para recibir un juicio justo y poder acceder al parnaso de la gloria.

No solo América, sino toda la humanidad, han sido por siempre infeliz, porque reconoce a sus grandes vivos cuando ya son sus grandes muertos, como lo demuestra la constante de que la mayoría de los excelsos personajes históricos, tuvieron una vida signada por incomprensión y sufrimiento. Jesús es un ejemplo.

Juan Bosch fue en vida severamente vilipendiado por moros y cristianos que nunca lo reconocieron como auténtico padre de la democracia, a pesar de que fue quien encendió el faro para que la atribulada sociedad de hace más de medio siglo pudiese observar el firmamento de la libertad tras la decapitación de la tiranía.

¿Quién podría imaginarse que el Congreso de la República controlado entonces por el liberal Partido Revolucionario (PRD) declarara a Joaquín Balaguer y no a Bosch, padre de la democracia? La historia, en cambio, restituyó en las sienes de don Juan esa corona.

Peor que trágico sería que presentes generaciones olviden la historia reciente, porque se incurre en el riesgo de repetir trágicos extravíos que en un retroceso signado por la frustración, caos y pobreza, que provocó que la mayoría del pueblo se preguntara si valió la pena deshacerse de Balaguer y Trujillo.

Envuelto en un manto de esperanza y con la bendición de los electores, el PRD tuvo en 1978 el mandato libérrimo de poner a 12 años de despotismo ilustrado, pero el buen don Antonio Guzmán solo pudo cumplir con el sagrado compromiso de liberar los presos de conciencia y permitir el retorno de los exiliados. Entre la vida y la honra, prefirió suicidio.

El Gobierno de Salvador Jorge Blanco fue otro motivo de frustración, pese a que llegó a crear altísimas expectativas por tratarse de un dilatado civilista. Tuvo la desdicha de ser el primer presidente condenado por corrupción, en un juicio más político que jurídico. El 24 de abril de 1984, todavía perturba sueños.

Que no se hable de la tragedia que significó el gobierno de don Hipólito Mejía, porque todavía los fiscales de la historia revisan papeles del desastre, aunque él y sus 12 apóstoles andan pregonando una nueva iglesia y religión de incertidumbre.

La historia asignará un sitial de honor a los gobiernos del presidente Leonel Fernandez y a la gestión exitosa del presidente Danilo Medina, las cuales, sin omitir errores mayores y menores han estado asociadas al progreso y a la consolidación de la democracia.

Publicado por El Nacional el 24 de mayo del 2015

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