Los fantasmas

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Este recuerdo negado a que lo traten como pretérito no hace más que agobiarme y provocar en mí la sensación de que el futuro es quimera, que lo que se anida en el presente es un pasado de miel o acíbar que taladra el alma con su interminable contradicción entre lo que fue o debió ser.

Como cada año para este tiempo ingreso por el túnel del tiempo a mi viejo barrio de San Carlos, pero solo alcanzo a ver fantasmas que advertido de mi presencia se aglomeraron a ambos lados de la calle Abreu, quizás para recibirme como buen sancarleño, pero en vez de alegría tuve la sensación de que un taladro me desgarraba el alma.

Ahí vi a Mon el zapatero, quien una vez pintó de negro su casa de la Damián del Castillo, aunque la única razón para ese luto fue que no tenía pintura de otro color; a don Rumbí, sonriente y jacarandoso, satisfecho porque me dio a probar leche de chiva, que proclamaba tenía mejor sabor que la de vaca.

Fui a San Carlos con la esperanza de encontrarme con Rumancio, Ovadis, Pilón, Pepe, José, Julio, Jando, Ramoncito, Patricio, Miguelon y otros amigos de infancia a los que tengo muchos años que no veo, pero los fantasmas lo impidieron y, literalmente, asaltaron mis recuerdos.

¿Cómo no recordar a Pupilo el corpulento lustrador de muebles, con cerebro y corazón de niño, que todos los días bailaba en el patio de mí casa los discos de la Sonora Matancera? ¿O a Negrito, en cuya motoneta disfrutaba de los viajes de mudanza y acarreo?

Ahí vi también a Dario, el dueño de la ferretería, con su carro Chevrolet, color crema, y a Don Mariano, el banilejo del colmado que con mucho sacrificio crió a sus hijos tres de los cuales son hoy renombrados médicos. A Piña le prometí tomarme aunque sea una cerveza en el colmado del Juan de Morfa, donde faltó a nuestra cita el último fin de año porque se murió en ese mismo lugar en la víspera.

Pude abrirme paso entre tantos fantasmas que se aglomeran en mi recuerdo y llegar hasta el traspatio de mi casa que ya no existe porque la construcción de la avenida 27 de febrero se tragó la calle y todo el vecindario. Doña Julita lee la tasa frente a un altar colmado de santos, aunque menor que el de mi bisabuela Macaria levantado en una habitación, cuyas paredes están cubiertas por 14 sábanas blancas y en el centro la efigie del Gran Poder del Dios que todo lo sabe, lo oye y lo ve.

Yo quería ver, hablar, conversar con mis amigos de infancia y adolescencia, pero al llegar a mi viejo barrio, una multitud de fantasmas adultos, sublevados contra el pasado y el olvido me salieron al encuentro y al saludarlos me embargo la sensación de que el pretérito devora al presente.

Publicado en El Nacional el 22 de diciembre del 2013

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