“Ser rico no es malo na’”

 

“Ser rico no es malo na’ ”, me dijo hace más de 30 años un amigo marxista leninista que por primera vez libaba un escocés  después de saborear una suculenta comida en un fino restaurante capitalino, que desde fuera el siempre creyó un antro del capitalismo.

 Ese amigo era tan radical en sus creencias políticas que le quitaba con tierra el brillo al calzado que compraba porque para él usar zapatos brillosos era inaceptable  vicio pequeño burgués. Al lado de él no se podía mencionar parrandas, playas ni nada que distrajera la consigna de “esta lucha va a llegar a la guerra popular”.

 Aunque al tercer o cuarto trago de Whisky, mi compañero sucumbió a  ante la embriagante fantasía del capitalismo, pudo posteriormente explicar su errático comportamiento con la peregrina tesis de que  al ingerir ese liquido etílico rendía tributo a la heroica clase obrera de Escocia.

 Mi amigo tenía razón al señalar que ser rico nada malo tiene, aunque su señalamiento estuvo influenciado por aguardiente, música de vellonera y  mujer de cortina. Esa juerga borró en él muchas páginas de “El Capital” “manifiesto Comunista “, “Así se templó el acero”, El Dieciocho Brumario de Luís Napoleón” y otros textos de la época.

 Toda fortuna tiene su historia, aunque para un marxista, la acumulación originaria de capital será siempre pecaminosa si su provecho es de carácter personal o corporativo o porque se amasa sobre la base de la explotación del hombre por el hombre.

 En una sociedad capitalista, como la nuestra, ser rico no es malo na’, como sentenció mi amigo, el sistema ha establecido leyes y creado códigos éticos que  condenan  formas de amasar fortunas basadas por vía del peculado o practica desleal de comercio.

 Una de las maneras más despreciable de hacerse rico es  a través de la prevaricación o del robo del erario, pues  se entiende que  el ladrón se alza con dinero que debería ser dedicado al bien común.

 En estos días se ha desatado una extraña fiebre de puritanismo entre algunos periodistas y medios de comunicación que  cantan como lotería nombres y fortuna de funcionarios del Estado y del Gobierno que han  declarado su patrimonio  ante  la Oficina  de Prevención de la Corrupción, como manda la ley.

 Quienes cantan esa lotería procuran al parecer que  se asocie  nombre y patrimonio al latrocinio, en un ejercicio de prejuicio impropio de quien procura y reclama justicia o transparencia.

 Algunos manipuladores mediáticos procuran que la gente se alarme  al conocer  elevadas cifras de millones contenidas en  cualquier declaraciones jurada de bienes, pero  también  recaban la sospecha ciudadana si el funcionario declara  es menos que una chilata, en el entendido de que estaría ocultando debajo del colchón  el grueso de lo que se ha robado.

 La ley que obliga  los funcionarios a declarar su patrimonio al asumir y dejar un cargo público no instituye en modo alguno un paredón moral ni puede nadie  pretender convertirla en un lodazal de prejuicios.

 Me inscribo entre los que creen que es larga la lista de funcionarios de ayer y hoy que han amasado o que pretenden amasar fortuna por vía de l peculado, pero eso sólo puede determinarlo las autoridades competentes para perseguir y condenar a imputados de corrupción.

 Sabiamente, el legislador ha  instituido  que los funcionarios depositen su declaración jurada de bienes ante el Ministerio Público al asumir y al concluir sus funciones, porque sólo así puede determinarse si  los bienes declarados  crecieron o disminuyeron más de la cuenta.

 Es, pues, un soberano ejercicio de prejuicio político, el presentar o propagar la declaración de bienes de cualquier funcionario como octavilla de peculado, aunque afloren sospechas o indicios  de podredumbre.

 Lo aconsejable, desde el punto de vista ético y de justicia  sería aguardar que esos funcionarios concluyan  su gestión para comparar   sus bienes de ayer con los de hoy, tal y como dispone la ley. Claro está, que es obligación de  fiscales y jueces prevenir y castigar toda forma de latrocinio que se cometa o intente cometer  durante el camino.

 Si tan deseosos estamos de perseguir la corrupción administrativa, sugiero  se revisen las  declaraciones juradas de funcionarios que ya concluyeron su gestión en este y en el anterior gobierno. En mi poder tengo una lista de algunas de esas gentes que al parecer les fue muy bien en sus roles de abnegados servidores públicos. 

Publicado por el periódico El Nacional el 20 de julio del 2007

 

 

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